VIOLETA URTIZBEREA El artista cachorro Niña prodigio en el Magazine For Fai de papá Mex, Violeta Urtizberea encuentra la mayoría de edad probando suerte en el teatro, asentándose en la tele y —¡sobre todo!— poniendo un pie en el cine. Cuando era chica, su madre actriz y su padre músico, muy jóvenes y además rápidamente divorciados, no eran lo que en la puerta de los jardines de infantes se entiende por familia. “Mi mayor deseo era que mi mamá fuera amiga de las madres que estaban en cooperadora. No quería sobresalir en nada. De chico querés tener todo lo mismo que los demás”. Papá Mex no era conocido, todavía era músico, no hacía tele, “pero se vestía raro… y no se enganchaba con los otros padres”. El ciudadano común se imagina su casa como un permanente Magazine For Fai: “Sí, yo me la pasaba actuando, pero todos los chicos hacen sus gracias y se las muestran a los padres. Y no te creas que me lo festejaban siempre”. Hacia los 8, a la hora de estimularla —esa tarea que los padres progres no consideran nunca suficientemente cumplida—, la mandaron a estudiar teatro con Nora Moseinco, pareja por entonces de papá Mex. “Creo que mi papá fue a ver una muestra de teatro de Nora, en donde los chicos actuaban de grandes, como suele suceder en una clase de teatro, y se empezó a imaginar el mundo de Magazine For Fai”. Es la otra pertenencia ilustre de Violeta —además del clan Urtizberea—, que en este caso la une a antiguos niños actores devenidos actores a secas: Julieta Zylberberg, Martín Piroyansky, etc. “Había una estructura con tres pautas para que no fuera un caos, pero después era todo improvisado por nosotros. Era un club. Era muy divertido”. Durante tres temporadas, Mex exprimió la imaginación delirante de los niños en lo que Alan Pauls consideró “un programa político y anarquista”. Cuando terminó, Violeta tenía 14; a los 16 dejó el anarco-moseinquismo por Julio Chávez: “Nora te da mucha confianza para mandarte. Cada tanto pienso que debería volver un año con ella, porque siempre está el riesgo de que te agarren prejuicios. Pero necesitaba también algo un poco más teórico, más bajado a tierra. No todo es me-tiro-a-la-pileta-y-hago-cualquier-cosa”. Igual ella parece más lanzada que ascética: hizo tele (Locas de amor o Soy tu fan entre una decena), hizo teatro (sobre todo Lucro cesante de Ana Katz y ahora mismo Reproches constantes de Santiago Gobernori), y por fin la misma Katz, que también estudió con Chávez y que reconoce en los actores de Moseinco una enorme capacidad para disfrutar el trabajo, la participó con un papelito en Una novia errante: es la hermana cargosa que en la tristísima escena final invita a la protagonista a sumergirse derrotada en las aguas de la infancia. “Los pibes tienen una imaginación que no lo podés creer. Te tiran cualquiera, no les importa nada”. Y no lo dice porque fue una niña imaginativa en Magazine For Fai, sino porque ahora los sábados, junto con Luciana Lifschitz, le toca a ella fomentar el anarco-infantilismo dando clases para chicos en un centro cultural de Balvanera.
Me alquilo para sufrir “Llegué a El desierto negro por un casting —cuenta Mónica Lairana—. Primero lo hice un día en que estaba con un ataque: tenía las valijas hechas para viajar con El cielito a un festival tipo en Arabia Saudita o algo así, y casi que esperaba un llamado para salir corriendo al aeropuerto. Fui en ese estado y no me quedé conforme, así que volví al otro día y pedí hacerlo otra vez. Y fue buenísimo, porque me eligieron”. El western gauchesco de Gaspar Scheuer se verá en la competencia internacional, pero no será la única aparición de Mónica en las pantallas del BAFICI: sus rasgos particulares, su cuerpo esta vez considerablemente expuesto ocupa la totalidad de 8cho, el corto de Paulo Pécora que puede leerse —oigan revistas del corazón— como una declaración de amor fílmico (algo perturbada, es cierto). Paulo parece decirle: mi cámara te ama; pero nosotros sabemos que en la vida real son novios, que ella tendrá un papel en su primer largo, y preferimos tomarlo como una declaración de amor a secas, incluso olvidando que su personaje es de una tristeza, una angustia y una paranoia bastante inquietantes. Claro que Mónica ya desde El cielito, de María Victoria Menis, ha dado muestras de talentoso sufrimiento. “Yo no pensé que el personaje de El desierto negro iba a quedar tan sufrido… lo veía más polentoso”. ¿Y por qué será que la eligen para personajes así? “¡No lo sé!”, lanza una carcajada. “Ah, no, esperá, hay una película donde no: Mentiras piadosas, de Diego Sabanés. No es un papel muy importante, pero es luminoso y sin ningún conflicto. Me gusta el contraste. Espero que vengan más personajes así”. Cuenta que después de estas varias películas el problema del lenguaje del cine la tiene fascinada: “Vos podés estudiar teatro, estudiar técnicas corporales, pero ¿cómo hacés para aprender qué tan importante es que sepas de lentes para favorecer tu laburo? Y no sé por qué se suele dejar tan aparte al actor. ¿Por qué los actores no recibimos guión técnico? Para mí es importante saber si va a ser un primerísimo primer plano o me vas a estar tomando tipo cucaracha allá en el fondo. Yo siento que por este lado hay un camino de aprendizaje enorme. Favorece mucho saber dónde uno se mueve”.
No es fácil conjugar sensatez y sentimiento, o mejor, intensidad emotiva y capacidad reflexiva. Andrea Garrote lo logra en cada palabra, y ya este talento, presumiblemente desarrollado a lo largo de años de experiencia y trabajo, hace pensar que no debería estar en esta sección para recién llegados. Pero hay una razón: con su protagónico en Vísperas, de Daniela Goggi, Andrea acaba de debutar en cine. Como los cinéfilos tenemos el vicio de ver sólo cine, y muchos tal vez no hayan visto las obras de Rafael Spregelburd donde ella se luce (La modestia, La estupidez) o las suyas propias como La ropa o La Dama o El Tigre (en los días humillantes), o sus trabajos con Rubén Szuchmacher, HC se propuso darle esta fiestita de bienvenida. Ahora escúchenla:
“A mí me interesaba hacer un trabajo específico con el cine, porque dirijo actores y escribo teatro, y conocía los problemas que suelen tener los actores en ese pasaje. El teatro, por su carácter de artesanía irreproducible, construye verosímiles mucho más móviles que el lenguaje audiovisual. La televisión tiene una convención sobre el naturalismo que se mueve cada décadas. Por eso cuando un actor que viene con el chip de la tele hace una película, el cine, que es más noble, lo devela inmediatamente. Y los actores de teatro ponen una cantidad de energía en el presente que el cine no necesita, además de esa cosa trillada de la excesiva expresividad, etcétera. Yo sabía que era necesario trabajar sobre un naturalismo no televisivo, pero a la vez me parecía un peligro esa especia de neutralidad que se suele elogiar: es buen actor de cine porque no actúa. Quería que Mónica fuera un personaje complejo, porque detesto las víctimas embellecidas”.
Y parece que este primer intento le gustó, porque este año veremos más fragmentos de Andrea aquí y allá. Primero en Canal 7 en un telefilm dirigido por Spregelburd; después en Nadar perrito, un experimento teatral con cámara (que estará en manos de Daniela Goggi) en el Goethe Institut. Tal vez, si tenemos suerte, en un proyecto televisivo de su autoría todavía estrictamente confidencial. Y fantasea, como siempre, pero ahora más que nunca, con su propia película.