sábado, 10 de noviembre de 2007

Villoro, Cohen, Melo, Pauls & Lemebel

Diagonal sur

(Edhasa)

Cuando la población podía dividirse entre letrados e iletrados, era fácil considerar al escritor junto a los “intelectuales” de toda especie. Pero el epíteto “intelectual” describe cada vez menos a un escritor. Tal vez porque difícilmente puede existir hoy una elite cultural, alianza que en otro tiempo amigaba a los artistas con el poder y la toma de decisiones, la relación de los escritores con la cosa pública se ha vuelto más complicada. ¿Qué se espera de ellos, por ejemplo, en un Encuentro de Pensamiento Urbano? Organizado por el Gobierno de la Ciudad, pero cuyo altísimo nivel debemos sin duda a la programación de Graciela Speranza, este encuentro anual fue invitando artistas diversos a participar lado a lado con pensadores y filósofos; y en coincidencia con su tercera edición, Diagonal sur acaba de compilar los textos que cinco escritores latinoamericanos leyeron en las primeras dos. ¿Y qué fueron a decir estos escritores sobre la ciudad? Si pensar es generalizar, y generalizar es olvidar diferencias —eso decía Borges—, los escritores salen más bien en defensa de lo particular. En principio eligen una ciudad: generalmente la propia. Munidos de unas armas cada vez menos exclusivas —la descripción y el relato—, se diría que ofrecen experiencias de “uso” de la ciudad, o recorridos con algo azaroso, o miradas cargadas de juicio estético (la ciudad latinoamericana es, incluso antes que incómoda, “fea”). Y tal vez lo principal: el material que eligen está marcado por una afinidad esencial con sus ritmos personales: el Once caótico para la enumeración dispar de Marcelo Cohen; el “gay town” de Santiago para el kitsch barroco de Pedro Lemebel; la Buenos Aires “ciudad-materna” para la semiosis proliferante de Alan Pauls; el DF postapocalíptico para la sobriedad quirúrgica de Juan Villoro. Sólo la brasileña Patricia Melo, incluida por la revista Time entre los 50 “Latin American Leaders for the New Millennium”, se ocupa de la violencia urbana en San Pablo y Río como uno imagina que debería hacerlo un intelectual: responsablemente.

153 páginas

Inrockuptibles | Noviembre 2007

lunes, 10 de septiembre de 2007

Erdmut Wizisla

Benjamin y Brecht. Historia de una amistad

(Paidós)

Walter Benjamin fue heterodoxo también para elegir a sus amigos, un rasgo que debería interesarnos (como al investigador alemán Erdmut Wizisla) por varios motivos. En principio porque la rigurosidad académica se nutre a menudo del cholulaje de gorda barrial. Pero además porque la primera recepción importante de su obra, algo opaca o incluso inédita durante su vida corta y trágica, se la debemos a ellos: el teólogo judío Gershom Scholem y el filósofo materialista Theodor W. Adorno compilaron textos suyos, publicaron la gruesa correspondencia que mantuvieron con él, escribieron fragmentos biográficos y dieron conferencias promoviendo y orientando la lectura de una obra fascinante e inasible, que se mueve entre la filosofía y la crítica de arte, la mística judía y el marxismo.

Esta generosidad admirable tuvo sus bemoles. Por razones varias que no excluyen los celos, y de las que Wizisla se ocupa hasta el detalle escabroso, los amigos de Benjamin censuraron su cercanía con Bertolt Brecht, tanto en cartas al interesado como después de su muerte en 1940. Y aunque la relación y su influencia estuvieron lejos de ser secretas, Wizisla se propone darle la centralidad que, según él, tuvieron para el propio Benjamin.

Benjamin y Brecht se frecuentaron al final de los años ’20 en la Berlín del dadaísmo, el cine expresionista, la crisis económica y el ascenso de Hitler. En la década siguiente mantuvieron correspondencia y volvieron a encontrarse en el exilio, en París o en la casa de Brecht en Dinamarca. Se leían, consultaban, discutían, colaboraban y jugaban al ajedrez: fragmentos de sus temas o tonos pueden reconstruirse a partir de cartas y papeles. La amistad en la que “el mayor poeta alemán vivo se encontró con el crítico más importante de la época” —según la expresión de Hannah Arendt— fue más que una afinidad intelectual, y por eso Erdmut Wizisla no desdeña la crónica ni se coarta alguna incursión sentimental.

379 páginas. Traducción de Griselda Mársico.

Inrockuptibles | Septiembre 2007